sábado, 7 de diciembre de 2013

De la historia del señor Sommer...







La acción transcurre durante la infancia del protagonista, que nos cuenta desde su vida adulta. A medida que avanza, se da cuenta de la importancia de la misma. El Sr. Sommer es una especie de proyección del protagonista, de recuerdo, algo que le hace recapacitar sobre los momentos que han marcado definitivamente su personalidad y su destino. A menudo provienen de esa época frágil en la que siendo niños dejamos de serlo.
(Extraído de aquí)


Leo “La historia del señor Sommer” deprisa e intrigada. Lo hago en el tren, rodeada de ruidos y de personas. Respiro el tufo a  marihuana de quien tengo al lado y escucho de fondo una apabullante melodía de Silvio Rodríguez. No es el mejor entorno. Lo admito. Pero el libro es breve y me atrapa desde que empiezo el trayecto. Prometo hacerlo reposar cuando lo termine. Y así lo hago, fiel a mi promesa.

Mientras lo dejo descansando, y ya de vuelta y con la lectura terminada, busco algo de información. Quiero saber si que lo he leído y lo que otros han leído se asemeja. Busco parecidos, referentes, pistas... pero nada me convence. “La historia del señor Sommer” sigue revoloteando en mi cabeza, asentada en las sensaciones que me ha provocado, que no sé si son reales o ficticias, pero lo que sí sé es que son fruto de un viaje, tanto literal como figurado, que me ha gustado. Gracias al Beletrista por la recomendación.

Y es que leo esta historia que empieza describiendo a un tal señor Sommer:  un personaje enigmático que da título a este cuento/relato para no niños y que es alguien que anda y anda sin rumbo alguno. Es un ser enigmático que se cruza en tres ocasiones con el niño-narrador protagonista. 

Una voz sin nombre, la de este niño, un personaje que nos guía desde sus palabras adultas por los recuerdos de su infancia. Una infancia que, contada con un estilo aparentemente sencillo, esconde cosas oscuras y secretas que por fin se verbalizan. Esa voz, entre la infancia y la edad adulta, es la que a mí me ha interesado. Esa es la voz que esconde la clave de la historia. No hay que dejarse despistar por esos bonitos dibujos de Sempé (Le petit Nicolas). Süskind no escribe para niños, o quizá sí, quizá como mucho escribe para el niño que alguna vez se fue y ya no se es.

Y es que cuando el protagonista deja de subirse a los árboles, es decir, cuando deja de ser niño, nos encontramos ante el inicio del fin de este desconcertante personaje que es Sommer. En ese justo momento es cuando conocemos un secreto final que ese adulto (nos) confiesa y en ese momento es cuando el enigmático Sommer también se esfuma.

Será ese el secreto final, quizá la clave última del relato, pero no hay que olvidar que antes ha habido otros en nuestra lectura (su primer enamoramiento, su incidente con una profesora, sus ideas respecto a la muerte...cosas que seguramente el narrador no había contado antes a nadie)... Cosas no dichas que quizá hasta entonces no hubiera verbalizado. Quién sabe si todo aquello que desconcertaba al narrador de niño cobra por fin sentido al hilar su relato de adulto, al ordenarlo en palabras.  ¿Por qué optó por el silencio? (“No sé qué puede haberme hecho callar con semejante obstinación durante tanto tiempo...”, “Yo callaba. No dije nada”.), quién sabe...Eso se lo queda para él. En este relato poco más llegamos a saber, salvo que el señor Sommer ya no existe y que aquel niño que se subía a los árboles, tampoco.     

Nota: probablemente si hubiera podido ver la obra de teatro que hicieron basada en el texto, mi percepción del relato sería totalmente distinta. Me alegra, pues, no haberla visto y haber tenido una lectura personal y no contaminada del texto :)

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