lunes, 4 de febrero de 2013

De Peceras (y 2)...


 (Antes, durante y después)

Admito que me cuesta escribir sobre Peceras. Intento hacerlo ahora, enseguida, y como nunca debería hacerlo alguien que escribe algo que va a leer otro: en caliente. Pero es así, prefiero hacerlo de este modo, sobre todo porque creo que mi preludio a esta obra empezó algo antes de sentarme en una butaca de la Nau Ivanow. Para ser exactos, empezó hace unas horas cuando leí un post titulado “Soy un hombre malo” firmado por el escritor Rafael Fernández. No sé cómo llegué a él pero llegué, y lo leí, y le di algunas vueltas. Está aquí. Y me quedo con un párrafo en especial : “Si yo me hubiera quedado a trabajar en la zona turística, rodeado de esa gente, si no hubiera “triunfado” como he triunfado en la literatura, si me hubiera convertido en un fracasado, si me hubiera hecho viejo allí, sin familia, sin pareja, sin amor, me temo que hubiera terminado siendo un violador”. Con esas palabras ya en mi cabeza y en mi ánimo, me fui al teatro, a ver esa obra que algunos han definido como ‘experiencia teatral’ y con un sinfín de elogios que han llevado a este texto por numerosas ciudades y, finalmente, a Barcelona. 



Y es que Carlos Be ha ido un paso más allá con esta obra: avanza pintando de otros colores el tema de la violencia de género, dándole nuevos matices y haciendo que llegue muy cerca del público (y de la conciencia). Todo ello mientras, paralela y formalmente, riza el rizo: recuperando lo que significa literalmente el teatro, es decir, recuperando el juego, un diálogo entre espectador-autor-actor. Así, jugando y descolocando, invitándonos a una fiesta muy particular, hace que el público piense y se pregunte qué es real y qué es no real, quién actúa y quién no, quién sufre la violencia y quién la ejerce. Y en este juego, en el que tienen un papel fundamental sus tres fantásticos actores protagonistas (Fran Arráez, Carmen mayordomo e Iván Ugalde), hace que los espectadores empaticen y miren (de hecho, el público no puede dejar de mirar...) y les hace observar esa gran pecera que recrea y que mezcla risas y situaciones dramáticas, todo juntito, entremezclado como en la vida y el escenario, o quizá algunas veces haya quien confunda una cosa y la otra.

De vuelta a casa, con el texto ya en el estómago y la música de Feeling Good en el cerebro, las Peceras se resistían a marcharse. De lejos, y de camino a casa, paseando ya de noche, me topé con una pareja que discutía a lo lejos en lo que parecía un leve forcejeo. La chica lloraba e increpaba al chico por algo y él se iba poniendo nervioso mientras mi paso se acercaba hacia ellos. En un instante pareció que el chico iba a abalanzarse sobre ella, ese amago me recordó inevitablemente lo que acababa de ver. Pero algo le hizo darse la vuelta y verme. Lentamente, la discusión fue amainando y yo terminé pasando junto a ellos, sin decir nada, pero mirando y haciendo notar que les miraba. Tenía pinta de ruptura...

No basta con mirar, con ser meros voyeurs de la vida... pero el teatro, y obras como esta, nos ayudan a redirigir la mirada... a pensar sobre nuestra particular pecera. Gracias, Carlos.... Larga vida a las peceras. 

No hay comentarios: