domingo, 26 de septiembre de 2010

El perro...

Imagen: Mark Ryden

No sé qué estaba haciendo ahí a esas tempranas horas de un sábado. Bueno, sí lo sabía. Era un día importante y estaba nerviosa. Tras cruzarme por enésima vez con X, empecé a pasear por esa zona hasta que llegara la hora. Anduve y anduve, y cerca se vislumbraba un parque. Ahí que me fui. Justo antes de entrar, vi cómo un perro correteaba obediente hacia su dueño que caminaba cerca. Admirada (¡mis perros no son tan obedientes!), sonreí. En ese momento, el animal vino hacia mí y me siguió conforme me adentraba al parque. Su cuidadora se iba acercando también. Una chica guapísima, de acento extranjero, cuyo cometido era pasear al animalillo tres veces al día, según me contó luego. El dueño no daba crédito: míralo, míralo. Y el perro seguía conmigo, con la cabeza acomodada en mi regazo y el resto del cuerpo tumbado en el banco. ¿Te has perdido? Me dijo el dueño, un hombre mayor y con pinta de adinerado. No, contesté sorprendida. Es que nunca te he visto por aquí. Tengo perros y por eso, se habrá venido conmigo, le dije, intentando evitar ese inicial intercambio de frases, tan familiar y que conduce seguro a que alguien me cuente su vida. El perro no atendía ahora a las órdenes. Su obediencia se había esfumado. Ahí seguía y el hombre sorprendido empezó a insistir para que la cuidadora nos tomara una foto. Sin capacidad de reacción a esas horas (y a ninguna, ¡vaya!), no supe cómo negarme. Sólo le pedí que no la colgara por ahí. Pero quien sabe, todo es público y todo es privado. Como estas palabras recreadas que recuerdan esta anécdota real acaecida ya hace unas semanas. El hombre se fue y se excusó por irse tan aprisa. Me dijo el porqué. Cara de sorpresa (ahora, mía). Me indicó la forma de contactarle por si recalaba otra vez en ese parque. Seguía con la sorpresa en los ojos. Su enorme perro permanecía inmóvil junto a mí, sin ninguna intención de moverse de mi lado, ajeno a sus órdenes. Al minuto, la cuidadora rumana hizo otro infructuoso intento. Me dio tiempo incluso a charlar con ella y me dio la impresión de que era una chica muy desgastada por la vida. Su trato era serio, hosco casi, pero en algún microsegundo también sonrió. Pasaron los minutos y ya casi llegaba tarde a mi cita. Miré a B y como si me entendiera, movió la cola y se hizo a un lado. Le pedí a la chica que me mandara la foto que había captado en su móvil, pese a intuir que no lo haría. Así fue. Salí del parque, tiré en una papelera el papel que me había dado el dueño y me encaminé a donde debía. Enseguida tuve la sensación de que no iba a volver nunca a ese parque. Y enseguida también, me recordé cómo en pocos minutos y en cualquier sitio, pueden pasarte cosas agradablemente inesperadas. Cosas tan inesperadas como, por ejemplo, que te llegue de sopetón el afecto de un perro, en una mañana difícil de sábado, en medio de un parque desconocido.

Florence and The Machine - Dog Days Are Over

6 comentarios:

Evánder dijo...

Bonito relato. ¿De quién es?

sylvia dijo...

No es un relato...es algo que me pasó hace unas semanas... :) Saludillos!

Supersonic-Man dijo...

Ahora ya es un relato y muy inspirado, aun leyéndolo a tempranas horas de un lunes.

sylvia dijo...

:)

Anónimo dijo...

A STOLEN M.I.!!! :(((
s

sylvia dijo...

Creo que esto es más de aquí :)